Ser educador es quizá una de las profesiones con mayor compromiso dentro de la sociedad, aquí no hay ensayo y error. Formar en valores, fomentar la participación ciudadana, tener iniciativa, ser competitivos, mejores personas, resilientes, proactivos, despertar el interés, la imaginación, el sentido por la vida, ser críticos, buscar la reflexión, respetar su entorno, conducirse con ética, son solo algunos de las cosas que debemos enseñar en el aula.
Es triste la cifra que se marca sobre la eficiencia terminal, si bien es cierto el medio influye sobre nuestra práctica docente, muchos maestros nos hemos alejado de la verdadera razón del servicio escudándonos en la triste realidad de muchas familias, la desintegración de la sociedad y los actos de corrupción que vemos todos los días. Ante este panorama nos enfrentamos todos los días con los pequeños y jóvenes que atendemos.
Demasiados organismos en apoyo a la educación han sido creados, pero, ¿cuál es nuestro acercamiento con ellos? ¿Cuántas autoridades se han preocupado realmente por buscar ese "apoyo"? ¿Cuántos de nosotros hemos tenido la iniciativa para un cambio y a cuántos se nos ha negado? En ese contexto he de decir que pareciera que caminamos solos porque no hay un compromiso real por alguna de las partes, por tanto el compromiso debe ser nuestro.
Tomar conciencia de las necesidades de aprendizaje de nuestros alumnos, de la transformación constante del entorno, de la crisis que enfrenta la sociedad y por ende la familia debe llevarnos a la reflexión puesta en práctica: Brindar un mejor espacio en las aulas para quienes en muy breve tiempo serán los ciudadanos del futuro.
Bajo esta perspectiva redireccionemos nuestro esfuerzo y pongamos manos a la obra.


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